— Carlos Talaga – cinema interactivo, artes digitales

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May, 2005 Monthly archive

Sábado 23 diciembre 2000

Abrumado por la información, las armas y el terrorismo a las ideas, convencido de la negación absoluta de mí mismo en el espectro del poder nuclear y biológico, emprendo este camino, creyendo que tal vez otros lo conocerán por su resplandor, que no será el de los ejércitos revolucionarios, ni el de la reivindicación política de una minoría. Porque esta revolución soy yo

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El bolero siempre fue la excusa para iniciar esas largas diatribas que emplean los desesperados que no están convencidos de su causa. Pensaba en Hitler, un maldito loco totalmente personificado en la majestad divina que iba desde la forma de su frente hasta los solidificados residuos de comida que se escondían en su bigote. Porqué no fui Hitler, pensaba agitando la brocha frente aquella pared desnuda en medio de ventanales, si hubiese sido él estaría convencido de cada vaina que se me ocurriera y así estuviera pensando la mayor pendejada de la historia la convertiría en algo tan importante como el descubrimiento de un continente de materia fecal habitado por delfines.

Oyó el motor próximo del escarabajo y hundió la brocha en el tarro de pintura hueso que le producía alergia, lanzó una estocada horizontal sabiendo que de aquí en adelante pasaría muchas horas de aburrimiento en las que desearía haber comenzado de manera vertical y en las que recordaría a Hitler sentado en su caballito de madera y decidiendo si acabaría primero con los negros o con los judíos. Pensó también en Tom Sawyer pintando la cerca, trató de recordar cuál había sido exactamente su actitud para convencer a los hamponcitos que terminaron felizmente haciendo su trabajo.

Se abrieron las puertas de cristal y las olas se oyeron más fuerte, la sal dibujó un camino en su lengua y varias negras y un mesero blanco entraron cargando neveras y cestas de frutas. La fiesta iba a comenzar un día antes de lo planeado, los asientos de playa fueron arrastrados desde las habitaciones hasta el muelle de caoba y se encendió el generador eléctrico. Nuevos ruidos poblaron la casa y el chasquido de la pintura o las esporádicas gotas que volaban luego de cada brochazo dejaron de ser universos a los que estudiar para convertirse en simples gotas y brochazos de un nativo de las islas pintando una pared en la casa de Pofinio Rioalto, honorable magnate de la industria militar y deportista frustrado de duatlón.

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Amanezco casi siempre con la ropa del día anterior y el colchón sin sábanas tirado en el piso. Me gusta que el canto de los pájaros me despierte lentamente desde temprano, pero hace mucho tiempo que no los oigo más. En su reemplazo tengo el timbre creciente de la alarma del celular. Las ventanas si el clima es bueno están abiertas y veo agitarse las hojas de los árboles desde mi tercer piso en la colina de una ciudad que no conozco.
El hambre nunca me llega más que por el ocio o por la evasión de un ritmo que me congratula y me desanima una y otra vez sin tregua a pesar de que conozco lo vicioso del círculo alrededor de mis días. Los árboles son más bellos los fines de semana cuando merma el tráfico y, sin ruido puedo echarme a ver como mis pensamientos forman figuras en el cielo, un estar muerto aparece enredado en mi cuerpo. Estoy solo.
Cabeceo entre las horas que me pasan como un ejército por encima, soy un elefante en el desierto, mi piel sólo son grietas crujientes. Y debo irme ahora hacia ningún lugar, simplemente debo abandonar este barco de mañanas ruidosas, días de pago, almuerzos a domicilio, tardes encerradas de calor insoportable. Para tal propósito he decidido suicidarme de una manera hermosa, pues más que un abandono o de una escapatoria se trata de cumplir un sueño.

En menos de un mes voy a iniciar un curso de buceo, voy a recibir una serie de clases de aproximadamente un par de semanas. Cuando el curso acabe voy a faltar al trabajo sin explicación, voy a tomar un avión a un lugar donde el mar acaba y voy a buscar un bosque de algas. Me sumergiré con todo el oxígeno que pueda guardar y voy a descender durante dos minutos y medio hacia el azul total. Actualmente puedo resistir un poco menos de tres minutos en apnea estática, así que si estoy descendiendo con un mínimo de oxígeno consumido en el equilibrio de presión y otro tanto en el esfuerzo, cuando se cumpla este tiempo habré perdido la posibilidad de resistir la subida hasta la superficie. Para evitar que mi cuerpo flote eliminaré todo lo que quede en mis pulmones de una rápida bocanada y abriré una puerta inmensa en mi cerebro para que llegue la hipoxia con su cuerpo de droga infinita y me arrastre hasta la muerte.

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